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Tomado de La República

Acabamos de atar nuestro esquife a la línea de amarre en Farallón, un sitio de buceo a 50 millas de la costa sur de Cuba, cuando nuestro capitán Ramón, apunta detrás de mí. “Tiburón” dice, con una sonrisa burlona.

Farallón está ubicado en el archipiélago de Jardines de la Reina, un parque nacional de 367 millas cuadradas que es algo como un secreto a voces dentro de la comunidad de buceadores.

En estos tiempos en que la mayor temperatura de los océanos ha acelerado la destrucción de los ecosistemas marinos -- casi dos tercios de los corales desaparecieron en la zona norte de la Gran Barrera de Coral australiana el año pasado -- el gobierno de Cuba ha implementado medidas severas de protección en esta zona, que tiene casi tres veces el tamaño de los Cayos de la Florida y se conoce comúnmente como la Galápagos del Caribe.

Se permite a menos de 1.500 buzos en el archipiélago anualmente y el acceso se realiza por orden de llegada.

Un autobús lleva a los buzos en un viaje de 277 millas hacia el sudeste hasta el pequeño pueblo costero de Jucaro, donde nos embarcamos en el Avalon II, un barco de buceo de cuatro niveles y 125 pies de largo que nos albergará durante los próximos seis días.

El barco está diseñado para expediciones de pesca y buceo, lo que significa que es espacioso y cómodo, pero sin lujos. Pero los buzos vienen por los tiburones. Nunca había visto tantos y con tanta consistencia en ninguna otra parte del Caribe.

Todo Jardines de la Reina está lleno de paredes de coral y otro tipo de fauna, de colores verde, dorado y púrpura, que se bambolean en perfecta sintonía. Nado sobre una enorme pared de coral de 4 pies de diámetro, con pequeños y coloridos nudibranquios posados en las puntas, que revolotean con la corriente.




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